En Sapa, al norte de Vietnam, las montañas lamen en niebla la noche. La temperatura se desploma y las calles sin asfaltar se elevan unos centímetros hasta hundirte los pies en un barro que se adhiere rojo y parásito. Huele a piel hervida de gallina, a cúrcuma. Mi hija y yo habíamos decidido conocer el pueblo al caer la bruma. Cuando las luces del interior de los hogares se iluminan y  puedes ver las cocinas y sus utensilios. La artesanía de los techos. La montaña es tan alta que las calles descienden siempre y las farolas vierten una luz densa y tramposa. Es fácil desviarse hacia un camino que podría llevarte a la carretera de salida, al inicio de un camino que fue bélico o santificado.Pero en el que nos perderíamos y en el que con dificultad podríamos sobrevivir. La trampa está en las diminutas partículas de agua que te empapan hasta ablandarte y caer de rodillas sobre una tierra que no te reconoce.

Sobre la acera, con las piernas estiradas sobre el suelo y con una corona hundiéndole el pequeño cráneo, había una ser humano redondo y compacto. El artefacto brillaba en la niebla como libélulas de plástico amontonadas. Las perlas se mecían con la caída suave del agua de la bruma sobre el rostro. Entre las piernas, cuatro pulseras de hilo colocadas con esmero sobre una tela deshilachada.

Bajo la cortinilla de abalorios, y mecida por el sueño, una niña. Apenas tres años. Abría los ojos con esfuerzo por el peso del maquillaje sobre los párpados, el tono violáceo del frío bajo la espesura blanca de los polvos, las piernas que temblaban ligeramente bajo un trajecito estrecho que olía a animal mojado. Indefenso animal humano. Diez dong, Diez dong, repetía.

Eran las once de la noche y los hogares y sus cocinas iluminados se nos convirtieron en zona enemiga. En una visión borrosa que, de nuevo, nos expulsaba a mi hija y a mí a la intemperie. Nos sentimos como si estuviéramos en medio de un arrozal con una niña herida entre los brazos, y la gente saliera de sus cocinas y nos  preguntaran qué hacíamos allí en aquella tierra, hundida en agua, que no era nuestra tierra. Ni aquella niña era nuestra niña.

Una mujer de la etnia Dao Do apareció en la esquina de la acera, y nos indicó con la mano que compráramos alguna pulsera. La niña cabeceaba sujetándose la corona con las manos. Diez dong, Diez dong, repetía. La mujer llevaba sobre la frente una linterna sujeta a la cabeza con un elástico, como un faro diminuto que orientara a las libélulas de plástico.

Y allí la dejamos, sin comprar una pulserita barata. Sin alimentar el frío de la niña, el hábito de la madre. Sin hacer nada para acompañarla, cálida y con premura, al sueño. Sin hacer nada para que se apagara la linterna en la frente de su madre.

Recordé a Lucrecio. Los niños y las niñas atemperan la brutalidad de los mayores y obligan a tomarse en serio los objetos. Son grandes concentraciones de realidad. Y recordé mi miedo a la pobreza cuando era una niña. A que mis padres se hicieran pobres de repente. Salir del sitio de los demás a golpes y no poder entrar después. El hongo en la pared o la libreta cuyos renglones se borran una y otra vez para volver a escribir en ella. El zapatito descosido. Prestado. La vergüenza de la comida que se reusa. El deshonor de los padres. Vivir, dolorida, a través de la memoria feliz de otros niñas. Decir que también bebes refrescos y ahogarte en la mentira. Ese vértigo lacerante e íntimo que una niña no sabe contar. La exclusión y, por tanto, la desprotección que produce dolor físico. El hambre física, el frío físico o la enfermedad del cuerpo. La perturbación del cerebro pequeño que no se sostiene. La sensación de fiebre permanente; de estar en medio del campo de agua sin que nadie te eleve en brazos mientras las ventanas de las cocinas cercanas se cierran de golpe y cae la bruma.


Subimos la calle hacia el hotel, sin cruzarnos con nadie. Imaginábamos que la luz difusa de la corona no desaparecería hasta bien entrada la noche. Imaginábamos las libélulas de plástico de todos los lugares en el mundo, las linternas encendidas sobre la frente de quienes habitamos esos lugares.

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